Sus manos ásperas amasaban su piel de nieve.
Julia frunció el ceño con incomodidad.
—Andrés, suéltame.
Él se negó a soltarla, manteniéndola atrapada contra la cabecera de la cama, pegado a ella como un horno, mordiendo su cuello frenéticamente. Julia temblaba por sus mordidas.
Marcas rojas y moradas aparecieron en su piel. Ella forcejeó, pero no pudo liberarse, siendo presionada firmemente contra la cama.
Él aún vestía su bata, con un brazo rodeando su esbelta cintura y la otra mano recorriendo