Waverly parpadeó. Era solo una ilusión, una falsa ilusión. Nada era real. Solo que, cuando seguía parpadeando y la figura permanecía, cada vez era menos capaz de convencerse a sí misma.
Pietro se quedó quieto, pero el miedo consumía sus ojos: —Tienes que detenerlo —dijo. Su voz era oscura y ronca y Waverly se quedó congelada en su sitio, completamente paralizada—. No puedes dejar que se vaya.
A Waverly se le secó la boca y le costó todas sus fuerzas encontrar algún trozo de voz: —¿Yo? ¿P-P