La siguiente vez que Waverly se despertó, el sol se había puesto y su habitación estaba a oscuras, a excepción de una pequeña luz que había en su mesita de noche. Se sentó en la cama lentamente y la agonía le recorrió el brazo, que estaba sujeto con unas vendas, haciéndola estremecer. Levantó la otra mano y se tocó las vendas de la cara, que cubrían lo que eran cortes y rasguños profundos.
—Estás despierta —dijo una voz, algo sorprendida. Junto a ella, en un sillón, estaba sentado Sawyer, que