CAPITULO 1

Oeste de la Región

Castillo Karlsen, un mes después…

Caminó pisando ramas, viendo un sendero de huesos y cuernos como señal de poder. La sangre estaba derramada en los bosques, y un animal herido, con el pecho abierto y la ausencia de corazón, alargaba su mano para alcanzarla.

Era un lobo negro gigantesco que no podía sentir y veía el mundo con una frialdad inhumana.

Era su compañero, y lo peor, venía a por ella.

Ella podía ver su corazón sellado y elegir si lo liberaba o lo destruía.

—¡NO! —gritó.

Ava despertó empapada en sudor, sintiendo dolor en los huesos y el corazón por reventarle en el pecho.

Otra vez ese sueño. Otra vez esa visión.

Era él, su destino, el último descendiente puro del Ancestral, el portador más poderoso y más condenado.

Ella pertenecía a la línea de las Mujeres Lunares; mujeres que pueden ver la forma verdadera de todos los hijos de la Diosa, capaces de caminar entre hombre y bestia, y las únicas que pueden ser marcadas por un lobo negro sin morir.

Entonces, era solo cuestión de tiempo que él diera con ella y se la llevara.

Miró por la ventana y el sol estaba ausente, como era habitual. Sin embargo, sabía que era tarde. su visión o pesadilla, la habían vuelto a sumir en un profundo sueño.

Se levantó, fue al tocador y se empapó la cara provista de pecas. Se aseó como de costumbre y luego bajó al comedor para tomar el desayuno. Sin embargo, nadie estaba. El castillo parecía desierto.

De repente, oyó unas voces, parecían discutir y siguió el eco del sonido hasta la puerta del despacho de su padre.

Apoyó el oído en la madera, y entonces los escuchó.

—Se dice que es despiadado, que es el propio engendro del diablo. —Shondra, la mujer que crio a Ava, miró encolerizada a su alfa, Antor Karlsen que no dijo nada y siguió bebiendo como si nada—. ¡No puedes enviar a la muchacha con ese hombre, sabiendo que es un asesino de sangre fría! —insistió la mujer.

Antor tomó otro trago de brännvin, aparentemente indiferente al reclamo de Shondra. Sin embargo, terminó con su bebida y quebró entre sus manos el vaso que sostenía, volviendo su enfurecida mirada a su fastidiosa empleada.

—Me tiene sin cuidado si Eric Ragnarsson es el propio diablo o si el bastardo ha asesinado a manadas enteras. Ha hecho una oferta matrimonial por Ava, y es una oferta que no puedo rechazar.

—No puedes entregarle tu hija a un hombre de quien se dice que no tiene ni corazón ni alma —la voz de Shondra se elevaba con cada palabra—. ¡No lo permitiré!

Antor rió a carcajadas.

—¿Qué tú no lo permitirás? Te estás sobrepasando, mujer. Controla tu lengua o te enviaré con ella al infierno del demonio del que hablas.

Detrás de la puerta del estudio de su padre, Ava escuchaba imperturbable cómo su padre y su querida nana discutían sobre su destino.

Un destino ya decidido y sellado por la Diosa.

Lo había visto en sus sueños desde que era pequeña. Algunas noches eran más perturbadoras que otras, pero desde que se dio cuenta del extraño regalo que le otorgó la Diosa, las imágenes llenaron su mente mientras dormía, incomodándola y preocupándola más que si hubiera sufrido mil pesadillas.

Con el tiempo, había aprendido a suprimir las visiones en su mente, pero la vívida imagen de un lobo mortalmente herido, con el pelaje negro empapado con su propia sangre, su corazón arrancado fuera de su cuerpo, aparecieron en sus sueños esa mañana, y volvió a vivir la espantosa escena que había soportado durante casi toda su infancia.

Sin embargo, su premonición fue completa hace unos días, cuando había decidido ir a correr fuera del fuerte y, de repente, la visión la alcanzó como un rayo caído del cielo, sacudiendo con fuerza su cuerpo.

Vívidamente se vio acercándose al lobo, esperando aliviar su dolor. Pero antes de que pudiese ayudar, el animal se había transformado en un hombre. Un guerrero feroz pero hermoso, y como el lobo, estaba cubierto de sangre, y con el pecho izquierdo vacío.

El hombre había empotrado sus ojos rojos en ella, llenos de dolor, suplicándole que lo salvara. Había extendido su mano hacia ella, pero el terror la embargó y ella se escapó, abandonándolo a su suerte.

Ahora deseaba hacer lo mismo; correr de aquella aterradora criatura que estaba muy cerca de alcanzarla. Casi podía sentir sus ensangrentadas manos sobre su carne, volviendo a implorar por su ayuda.

Ava sacudió la cabeza y regresó de sus pensamientos. Nunca sospechó que su destino estuviera tan cerca, y mucho menos que fuera Eric Ragnarsson, el despiadado monarca de las cuatro regiones.  

Realmente, su padre la odiaba para entregarla a ese hombre.

Afiló el oído y esperó escuchar más.

—Ava es diferente, desconoce de las responsabilidades protocolares de una Luna. Siempre ha sido libre, ha aprendido a ser una guerrera mientras correteaba tras sus hermanos, no sabe nada de los deberes de una esposa y se rumorea que Ragnarsson es un hombre… despiadado, tanto en el campo de batalla como en la cama —insistió Shondra, buscando que su alfa entrara en razón—. ¡No puede odiar tanto a su hija como para lanzarla a un matrimonio sin futuro!

—¡Sí, la odio! —bramó Antor—. Nada me ha atormentado más que ver su rostro desde el día que mi pobre compañera murió al darla a luz. No tolero su presencia, detesto la idea de que respiremos del mismo aire… si no hubiera prometido no matarla con mis propias manos, créeme que esa muchacha habría muerto hace mucho tiempo —lanzó sin compasión.

Ava jadeó por las palabras de su propio padre, aunque no se sorprendió para nada.

—Comprendo su sufrimiento, pero la niña no tiene la culpa. ¿Por qué no hacer otros arreglos para ella? Un marido menos cruel estaría bien para comenzar. —Shondra no le tenía miedo a su alfa y siguió buscando otra salida para Ava—. El alfa del Sur tiene fama de ser un hombre considerado, un gobernante justo y no se ha casado. Quizás, la felicidad de Ava…

—¡Su felicidad me importa nada! —rugió Antor—. Ya he llegado a un acuerdo con Ragnarsson y la alianza entre el Norte y el Oeste está pactada. Incluso, si llegara a importarme esa niña de los infiernos, ¿qué hombre querría a una mujer que puede competir con él en lucha y dirigiendo una manada? Por no hablar de sus otros tontos talentos, como predecir la muerte de su marido…

Shondra dejó escapar un balbuceo de sorpresa, mientras se erguía en su completa, aunque poco impresionante, altura.

—Si hace eso, no tendrá que verse obligado a desterrarme. Me iré con Ava. No puedo permitir que se enfrente sola a esa bestia.

Detrás de la puerta, Ava se frotó la piel erizada por el escalofrío que le produjo escuchar aquella palabra: Bestia.

Ese nombre estaba condenado y ella sería atada al mal augurio que acompañaba su destino.

—Me harás un favor al largarte —dijo como si nada su padre—. Ya no tolero tus impertinencias.

Un largo silencio se produjo por unos minutos, hasta que Shondra volvió a hablar.

—¿No cambiará de opinión? —cuestionó con más suavidad esa vez—. No olvide con cuanta frecuencia su don ha ayudado a la manada...

—Con esta alianza, no necesitamos de su don. Deja que ayude a su futuro rey; además, él sólo la quiere por su extraño poder. ¿O qué pensaste? ¿Crees que en el Norte no hay mujeres más hermosas que esa muchacha? —increpó con sorna y riendo a carcajadas de nuevo.

La crueldad existente en las palabras de su padre, logró que Ava, por primera vez en su vida, no supiera qué pensar.

—Ragnarsson no busca una Luna, y no le interesa su belleza o meterla en su cama. Él necesita del poder de Ava para quitarse una maldición de encima, y está dispuesto a pagar un alto precio… —Se encogió de hombros.

Shondra jadeó.

—Usted sabe que la muchacha no domina su don cuando ella quiere. ¿Qué pasaría si se equivoca?

—¿Crees que me importa? —Antor se puso en pie y golpeó sus grandes puños contra su escritorio—. Estoy contento de haberme deshecho de ella, lo único que me importa es la manada y este trato ha traído muchos beneficios para mi pueblo.

—Juro que lamentará este día.

—¡Jamás!

—Que sus demonios lo protejan del castigo divino de la Diosa, porque estoy segura que se arrastrará suplicando una muerte rápida, pero ella no lo escuchará.

—¡Fuera! ¡Fuera! Ava se irá, y si no deseas que te corte la cabeza, ¡toma tus pertenencias y vete con ella! —vociferó.

Entornando los ojos, Ava se apresuró en marcharse antes de que la descubrieran. Fue directamente a su habitación, y en cuanto cerró la puerta, se recostó contra la madera y dejó escapar una profunda exhalación.

Todo lo que acababa de escuchar recorría salvajemente su mente. El menosprecio de su padre, los intentos de Shondra por defenderla, pero lo que más la turbaba fue su propia reacción cuando Shondra lo había llamado un hombre despiadado en la cama.

Sus mejillas se ruborizaban al pensarlo. Le avergonzaba admitirlo, pero anhelaba conocer la pasión en la cama de un hombre, de la pareja que la Diosa había guardado para ella, aunque fuera un despiadado.

Un intenso hormigueo brotó en su interior y su corazón había comenzado a latir violentamente al oír las palabras de Shondra.

Sus mejillas ardían... como lo hacía el resto de su cuerpo, aunque ella luchaba por ignorar las perturbadoras sensaciones. Ella no quería que esa bestia le provocara esas sensaciones. Se acercó al espejo de su tocador, se sentó en el taburete y se preguntó si a él le gustaría ella.

Alzando la mano, recorrió la curva de sus mejillas con la punta de los dedos. Aunque fría al tacto, la piel era suave, sin imperfecciones, blanca con un puñado de pecas salpicando su tez.

Su pelo, de un profundo toque cobrizo, casi del color del bronce, era una melena salvaje que no podía mantenerse sujeta por mucho tiempo.

Su hermano Astrid, juraba que su pelo podría embrujar a un ciego.

Una pequeña sonrisa asomó a sus labios.

Sí, le gustaba su pelo.

Y adoraba a su hermano.

Y ahora podía oír los ruidos que hacían, listos para una rápida salida, seguramente alistándose para su partida a la frontera con el norte, hacia un futuro incierto, con un hombre que no tenía ningún interés en particular por ella, sino que la veía como a un instrumento para lograr un objetivo.

Las lágrimas le escocían en los ojos, pero parpadeó para alejarlas, no quería que su padre las viera si se volvía y se dignaba a mirarla mientras salía.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP