32. La llamada (L2)
Al llegar a su apartamento, la rutina la envolvía como una manta, cálida pero sofocante. Preparaba la cena con movimientos automáticos, su mente vagando en pensamientos que no podía controlar. Sabía que Edán llegaría tarde, como siempre lo hacía últimamente, y que se encontrarían solo en la cama, ambos exhaustos y distantes. El vínculo entre ellos, alguna vez fuerte, parecía haberse debilitado bajo el peso de la rutina y las responsabilidades.
Después de dejar la cena servida, se sentaba sola a