Conocía esa voz. Baja, firme, familiar de una forma que me golpeó como un puñetazo en el pecho.
Lentamente, me giré.
Damian.
Estaba a unos pocos metros detrás de mí, los hombros caídos, una botella de licor a medio vaciar colgando de sus dedos. Su cabello oscuro estaba revuelto, su camisa arrugada como si se la hubiera puesto sin cuidado, y sombras se aferraban bajo sus ojos. Se veía cansado, no, agotado, como si el mundo le hubiera drenado la vida.
Por un segundo, olvidé respirar. No había est