Leonard se recostó en el cómodo sillón modular de piel que tenía en el lobby de su Penn House.
Acomodó la cabeza sobre un cojín de seda y dejó pasear los ojos hacia la espléndida vista del cristal que se extendía desde el suelo hasta el techo de la segunda planta, y de un extremo de la pared hasta la otra, formando un muro tipo ventanal que, de día dejaba colar la luz natural a chorros por todo el lugar dándole un aspecto de fusión con el exterior, y de noche permitía fundir el ambiente con el