Capítulo 22.

Los guardias del castillo miraron extraño hacia mi cuello y luego me dejaron entrar. Hacía unos diez minutos que la gasa que mantenía oculta mi herida se había caído en algún lado así que todos tenían una vista bastante clara del hermoso trabajo que Cole había hecho.

Caminé por el castillo hasta que encontré a una loba haciendo los quehaceres domésticos y le pregunté por la oficina del idiota; amablemente me indicó la dirección y siguió en lo suyo.

Cinco minutos después estaba ante un gran saló
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