Capítulo 23.
-¡Muchas gracias, señorita! - Dijo la pequeña niña a la que le regalé un precioso anillo de esmeraldas.
-De nada. Gracias a tu papi y a ti por vendernos a tan bonitos caballos. - Dije con una sonrisa.
Tío Chad, Mateo y yo fuimos a la aldea fuera del castillo para conseguir algunos caballos; Mateo decía que Rowen House se encontraba a unas buenas cuatro horas a pie y, francamente, no tenía ganas de caminar o correr en mi forma de lobo semejante distancia. Me sentía cansada, quizá por la pérdida