Aitana llegó al apartamento, la respiración acelerada y las mejillas ardiendo. Ámbar, que acababa de entrar, la encontró apoyada contra la puerta, con una expresión que no dejaba lugar a dudas de que algo andaba mal.
—¿Qué pasa, Aitana? Te ves… diferente.
Aitana negaba con la cabeza, pero una sonrisa nerviosa traicionaba su intento de disimular. Ámbar se acercó a ella, sus ojos llenos de preocupación.
—¿Quieres contarme qué te sucede? —indago Ámbar más preocupada.
Aitana se sentó en el sofá, si