17. Veinte canastas. ¡Sí, señor!
Dos horas más tarde, Calioppe llevaba apenas casi tres canastas, y aunque no se rendía, sí se sentía bastante cansada. Su espalda y manos dolían, así mismo su cintura.
Para el medio día, todos pararon.
— Señorita Calioppe, descanse un poco, ya es la hora de la comida. Vaya a la casa grande — le dijo Lisandro, al notarla bastante agotada.
Ella se secó el sudor y alzó la vista con una optimista sonrisa. Todo mundo dejaba sus canastas y se retiraba. Allí fue cuando notó que le llevaban una difer