—¡Seré tía otra vez! —gritaba Helena llena de alegría.
Tomó las manos de Dakota y la miró con seriedad.
—Ven, siéntate, ahora tenemos que pensar.
—¡Quiero irme! —respondió Dakota con la voz quebrada.
—No te vas a ir. Se lo diré a mi padre y no permitirá que te marches así. Sé que estás enoja