Stavros Ravelli estaba sorprendido; tenía una nieta. Se encontraba en su casa, a punto de desayunar en el jardín, junto a su hija menor, Helena, contándole las últimas novedades.
Helena no podía creer que su hermano mayor tuviera una hija. Aunque con la fama de Alekos era de esperarse. Sonrió, has