Tirada en el piso, Dakota no podía creer lo que estaba sucediendo. El peor de sus temores se había vuelto realidad. Alekos Ravelli estaba en su casa, fuera de sí. Como pudo, se puso de pie e intentó salir de la sala de estar.
Pero Alekos fue más rápido. La tomó con fuerza de la muñeca.
—¡Te tengo,