—¿Cómo está? —preguntó Dakota.
—Más tranquila, pero tenía que decírselo.
En una elegante oficina, Christopher Anastas leía unos contratos cuando golpearon la puerta: era Olivia.
—Olivia, ¿cómo te ha ido? —preguntó él.
Olivia era abogada, con un historial impecable. Era el terror de los espos