259. APRENDIENDO A ENAMORAR
Otra vez el capitán se quedó mirándome fijamente, como si no pudiera creer con la facilidad que yo le daba el mando de mí propiedad sin apenas conocerlas. Quería reír para mis adentros, pero me puse de pie y caminé hasta la salida bajo la mirada de Dolores que estaba de lo más intrigada. Me ayudó a colocar mi abrigo y mis botas así como mi gorro, y salió dándome su brazo para que bajara las resbaladizas escaleras, lo cual hicimos y nos dirigimos a las caballerizas.
—En verdad son increíblemen