Después de pasar un buen rato intentando abrir una puerta sin encontrar la llave correspondiente, lo cual me estaba desesperando, el niño volvió a señalarme la puerta y se escondió detrás de mí. En ese momento, se escucharon golpes en la puerta. Una de las sirvientas fue a abrir y en el umbral se encontraba una mujer vestida completamente de negro, con un enorme sombrero cubierto por un velo que ocultaba su rostro.
—Buenos días—, la saludó la sirvienta, —¿en qué podemos ayudarle?
—Buenos días—,