A las dos de la madrugada, Milán todavía conservaba ese movimiento elegante que parecía nunca desaparecer por completo. Las luces de la ciudad seguían reflejándose sobre las calles húmedas, los automóviles continuaban recorriendo las avenidas principales y, aunque para la mayoría de las personas aquella hora representaba el final del día, para quienes pertenecían al mundo de la moda muchas veces apenas significaba el comienzo de unas pocas horas de descanso.
Jimena Acosta acababa de regresar al