El documento tenía dieciséis páginas.
Valeria lo supo porque las contó, una por una, mientras su padre la observaba desde el otro extremo de la sala de juntas con esa paciencia calculada que siempre había confundido con afecto cuando era niña. Ahora reconocía la diferencia. La paciencia de Rodrigo Arístegui no era virtud; era táctica.
—No voy a firmarlo sin leerlo —dijo ella.
—Ya lo has leído.
—He leído lo que tú querías que leyera.
Rodrigo no se movió. Tenía las manos entrelazadas sobre la mes