La fotografía seguía sobre la mesa cuando Gael encendió la segunda vela.
Valeria no la había tocado desde la noche anterior. La había dejado ahí, boca arriba, como si voltearla o guardarla fuera un gesto que ella no tenía derecho a hacer todavía. La mujer de la imagen la miraba desde esa inmovilidad serena que tienen los muertos cuando aún no saben que lo son, y Valeria pensó, no por primera vez, que había algo en esos ojos que reconocía sin poder nombrarlo.
—Encontré algo —dijo Gael desde el r