La lluvia llegó al mediodía, sin aviso.
Valeria lo escuchó primero contra el tejado de zinc, ese golpeteo irregular que empezaba suave y se convertía, en cuestión de minutos, en algo parecido a una conversación que nadie había pedido. Se acercó a la ventana pequeña de la cabaña y miró hacia afuera sin ver nada útil: árboles, niebla, el camino de tierra que ya empezaba a oscurecerse de humedad. El mundo exterior había decidido borrarse.
Gael estaba en la mesa, con papeles que Valeria había apren