Pasaron tres días.
Tres días sin explosiones.
Sin alarmas constantes.
Sin mensajes de amenaza apareciendo en cada pantalla.
Y eso…
Era lo más inquietante de todo.
La calma no se sentía como paz.
Se sentía como espera.
Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración antes de algo más grande.
Valeria estaba sentada frente a la mesa.
Un café frío entre sus manos.
No lo había tocado.
Sus ojos no estaban en la taza.
Estaban perdidos en algún punto invisible.
Pensando.
Recordando.
Calculando.
—