El fuego que consumió a los Auclair.
Narra Vincent:
El aire en la mansión Auclair se había vuelto pesado, espeso y nauseabundo, impregnado con el hedor inconfundible de la podredumbre y la muerte que emanaba tanto de los cadáveres en el vestíbulo como de la patética criatura que pataleaba en el suelo.
El rostro de Juliette ya no era ni la sombra de lo que un día fue. La descomposición avanzaba a zancadas implacables sobre su piel grisácea y reseca, deformándole las facciones en una mueca grotesca. Mientras intentaba incorporarse,