El milagro.
Narra Camille:
El abismo no era un lugar de fuego ni de castigo eterno; era un espacio de una quietud absoluta, un mar de terciopelo negro donde el tiempo había dejado de latir. Flotaba en esa inmensidad sin peso, sin dolor, con la certeza absoluta de que el aliento que había sostenido mi cuerpo se había extinguido al otro lado del velo.
Sabía que estaba muerta. Y lo que pesaba más que la propia muerte en mi conciencia era la dolorosa certeza del precio que habíamos pagado. Al sellar la brecha