Capítulo 54. Una vida para amarnos
Desde el balcón de la habitación del hotel, Rosi miraba con los ojos empañados de lágrimas la paradisiaca playa de Aruba, si cerraba los ojos casi podía sentir el olor de su tierra, de su hogar, era lo más cerca que Carlos la pudo llevar de su país, Venezuela. Rosi no podía volver porque había entrado a los Estados Unidos como refugiada.
Detrás de ella estaba parado su esposo, abrazándola por la cintura, eran una bonita estampa de dos jóvenes guapos y enamorados.
―Es maravilloso, Carlos, es cas