93. El fuego de la verdad.
Esta vez no sentía un entumecimiento que inmovilizara mis músculos, ni una ráfaga fría que me atravesara el estómago. No sentía absolutamente nada de eso, ninguna de esas extrañas muestras de terror a las que me estaba comenzando a acostumbrar cuando la ansiedad me llenaba el cuerpo. En ese momento sentí una sensación cálida, como si un balde de sangre caliente y espesa se hubiera derramado desde la coronilla de mi cabeza por todas mis extremidades.
La luz se había apagado; solamente las lámpar