Cap. 152: Y quiero un esposo americano.
El lugar era un rincón de lujo exótico en medio del caos urbano: cortinas de terciopelo burdeos, lámparas de cristal con arabescos dorados, incienso en el aire y una música suave que parecía deslizarse por los pasillos como humo.
Nathan irrumpió con el ceño fruncido y el paso firme. Sus zapatos resonaron contra el mármol negro, contrastando con el ambiente apacible. Iba impecablemente vestido, pero sus ojos no traían paz. Buscaban. Exigían. Quemaban.
Se dirigió directo al maître, un hombre de pi