Vanessa tenía ojos tan grandes, casi como si fuesen a salir de sus cuencas.
—¡Tú! ¿Cómo demonios volviste? ¿Qué haces aquí? —exclamó gritando, levantándose, como si viera a un fantasma.
Marbella solo sonrió.
—Tranquila, querida, no soy el monstruo de tus pesadillas, solo soy yo, la misma Marbella de siempre.
—Hija, querida, bienvenida.
Vanessa bajó la mirada, su madre tomó su mano, se levantó a su lado.
—Cálmate, Vanessa —susurró su madre
Vanessa pasó del estupor a la rabia, mientras veía