Lugh tocó su rostro, sintió rabia, pero al instante supo qué se había pasado con sus palabras.
«No debí decir eso, la he ofendido en serio», pensó.
—¡Mis hijos no son unos bastardos! Me incriminas a mí, pero ¿no hiciste tú lo mismo? Podría decir lo mismo de tu hija, la diferencia es que no soy tan mala sangre como tú para hablar mal de un niño inocente.
—Marbella…
—No quiero hablar contigo, Lugh, cuando haya limpiado mi nombre, te lo restregaré en la cara, lo único que si te voy a pedir, es