El empleado estaba temeroso, sus ojos temblaban al mirar a su jefe, sabía quién era, uno de los más ricos y poderosos, no solo de Nottingham, sino de Inglaterra.
—Por favor, señor, ¡tenga piedad!
Dylan arrastró al hombre hasta una habitación en la finca de empleados.
Se sentó frente a él.
—¡Habla, ahora! —espetó con rabia, Dylan podía ser tan amable o feroz como quisiera, y por su gesto, el empleado intuyó que estaba rabioso como un león hambriento.
—Yo… no quería, lo juro.
—¿Y quién te ob