Un mes después.
Ashton miraba con rabia las imágenes en su teléfono de la cuenta social de Betty, donde èl tenía un seudónimo falso.
—¡Te casaste, Betty, te entregaste a otro hombre que no soy yo! Juraste ser solo mía, ¡eres una zorra barata! Y mírate, ¡adoptaste a una hija!
Los ojos de Ashton estaban inyectados en sangre, las lágrimas corrían por su rostro, dejó el móvil a un lado, comenzó a patear todas las cosas en su alcoba, lanzó floreros, fotografías, luego tomó esa foto que había roto