—¿Qué haces aquí, Zara? —pregunté, con la voz baja, tensa. No me esforcé por ocultar el desagrado. No me nacía.
Ella alzó una ceja, fingiendo una expresión ofendida que no le creí ni por un segundo.
—¿No te alegras de verme, hermana? Regresé al país después de estar fuera tres años —dijo, como si su regreso fuera una bendición.
Me quedé en silencio. La observé, como si intentara descifrar qué venía disfrazado tras ese rostro perfectamente maquillado, esa voz empalagosa que tantas veces me había