La noche en Londres era fría.
La lluvia caía suavemente sobre las ventanas del elegante apartamento donde Leopolda Ambrosetti se encontraba sentada frente a un amplio escritorio de madera oscura, la habitación estaba iluminada por una lámpara dorada que proyectaba una luz cálida sobre los documentos que descansaban frente a ella, mientras su mirada permanecía fija en la pantalla del teléfono que sostenía en la mano.
Al otro lado de la línea estaba Margrot.
La joven mujer hablaba con una voz