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Capítulo: Encuentro con el Don

Serena caminó por el largo pasillo sin mirar atrás.

Cada paso la alejaba de Rocco Donnati y del futuro que había imaginado junto a él.

No iba a llorar. No volvería a hacerlo.

De pronto, un estruendo rompió el silencio del piso privado.

¡Bang!

Algo pesado golpeó contra el otro lado de la escalera de emergencia.

Después llegaron los gritos. El sonido metálico de varios cuchillos chocando entre sí.

Maldiciones. Pasos apresurados.

Serena se detuvo en seco.

Apenas tuvo tiempo de fruncir el ceño cuando la puerta metálica se abrió de un golpe tan violento que rebotó contra la pared.

Una figura apareció tambaleándose.

Su camisa blanca estaba teñida de rojo.

La sangre descendía lentamente por uno de sus brazos y varias heridas marcaban su rostro, pero ninguna de ellas lograba ocultar la aterradora autoridad que desprendía.

No parecía un hombre derrotado.

Parecía un depredador al que acababan de despertar.

Detrás de él irrumpieron seis hombres armados con cuchillos y pistolas.

Sin embargo, ninguno se atrevía a acercarse demasiado.

Avanzaban despacio. Midiendo cada movimiento.

Como cazadores rodeando a un león herido... conscientes de que un solo descuido podía costarles la vida.

Entonces ocurrió.

Uno de ellos reunió el valor suficiente para atacar.

Lanzó una estocada directa al pecho del desconocido.

El hombre apenas giró el cuerpo.

Sujetó la muñeca de su atacante con una velocidad imposible.

Un crujido seco resonó por todo el pasillo.

El hueso se partió. El cuchillo cayó al suelo.

Antes de que el agresor pudiera gritar, recibió un golpe en la garganta que lo dejó inconsciente.

Otro hombre disparó. El desconocido utilizó el cuerpo del atacante como escudo.

La bala atravesó al primero.

Después lo arrojó contra los demás con una fuerza brutal.

Todo sucedía demasiado rápido.

Demasiado limpio. Demasiado letal.

Serena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquello no era una pelea. Era una ejecución.

Los atacantes, que al principio parecían seguros de su superioridad, comenzaron a retroceder.

Había miedo en sus ojos. Un miedo auténtico.

No era el terror del hombre perseguido.

Era el terror de quienes comprendían que habían intentado matar a alguien muy por encima de ellos.

Uno de los agresores murmuró con la voz temblorosa:

—¿Cómo demonios sigue él de pie...?

Otro tragó saliva.

—Les dije que era una locura enfrentarlo.

Fue entonces cuando Serena levantó por completo la vista.

Y el mundo pareció detenerse. Lo reconoció.

Don Elion Donnati. El jefe de jefes.

El hombre cuyo nombre bastaba para silenciar reuniones enteras.

El Don que gobernaba la mafia italiana con puño de hierro.

Se decía que ningún traidor sobrevivía más de tres días después de desafiarlo.

Que jamás había perdido una guerra. Que incluso los capos más poderosos inclinaban la cabeza cuando él entraba en una habitación.

Era una leyenda. Y esa leyenda estaba frente a ella.

Cubierto de sangre. Respirando con dificultad.

Pero aun imponiendo más miedo que todos los hombres que intentaban asesinarlo.

Entonces sucedió.

Mientras Elion inmovilizaba al último hombre que tenía delante, otro atacante apareció silenciosamente por su espalda.

Había permanecido oculto detrás de una columna.

Empuñaba una daga. Esperaba ese único instante.

El único descuido. La única oportunidad.

Levantó el arma dispuesto a clavársela entre los hombros.

Los ojos de Serena se abrieron de par en par.

—¡Detrás de usted!

Elion reaccionó al escuchar su voz. Giró apenas una fracción de segundo.

Pero ya era tarde.

La daga descendía directamente hacia él.

Sin pensarlo, Serena tomó el pesado jarrón de cristal que decoraba una mesa cercana.

Lo levantó con ambas manos. Y lo lanzó con todas sus fuerzas.

El jarrón atravesó el aire.

Se estrelló contra la cabeza del atacante con un estruendo ensordecedor.

El hombre cayó al suelo antes de alcanzar a hundir la daga.

Elion aprovechó ese breve instante.

Giró por completo.

Sujetó el cuello del agresor caído y lo golpeó contra el piso de mármol con una fuerza aterradora.

El pasillo quedó en absoluto silencio.

Los pocos hombres que seguían en pie retrocedieron, incapaces de ocultar el miedo.

Ninguno quiso continuar luchando. Ninguno.

Los ojos negros de Elion se alzaron lentamente hasta encontrar a Serena.

Ella sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Nunca había visto una mirada semejante.

Era fría. Dominante. Implacable.

La mirada de un hombre acostumbrado a decidir quién vivía... y quién moría.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Elion observó el jarrón hecho añicos.

Después al hombre inconsciente.

Finalmente volvió a mirarla a ella.

—Tú...

Su voz grave resonó como un trueno en el silencioso pasillo.

—¿Acabas de salvarme la vida?

Serena sostuvo aquella mirada sin apartarse.

Y, por primera vez desde que abandonó la puerta de Rocco, dejó de pensar con el corazón.

Comenzó a pensar como la hija de la mafia.

Rocco quería destruirla. Quería convertirla en una mujer deshonrada. Quería verla arrodillada y perder su dignidad.

Muy bien.

Si él estaba dispuesto a sacrificarla por la mujer que amaba...

Ella podía cambiar las reglas del juego.

Sus labios dibujaron una lenta sonrisa.

¿Por qué conformarse con casarse con el heredero inútil...?

¿Cuándo podría tener al rey de la mafia?

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