El edificio de la Emoresa King permanecía sumido en una actividad frenética, como ocurría cada mañana. Secretarias caminaban apresuradas entre oficinas, los ascensores no dejaban de abrirse y cerrarse, mientras decenas de ejecutivos entraban y salían de las salas de reuniones llevando consigo carpetas repletas de contratos millonarios. Sin embargo, detrás de la enorme puerta de la oficina presidencial reinaba un silencio completamente distinto, uno que parecía anunciar que algo se había roto pa