La noche había cubierto la ciudad con una oscuridad espesa cuando el vehículo de Damian Müller abandonó la zona privada del aeropuerto y tomó una carretera secundaria que serpenteaba entre edificios industriales y enormes almacenes abandonados. El automóvil avanzaba a una velocidad considerable, escoltado por otros dos vehículos, mientras Damian permanecía en el asiento trasero con el rostro sereno y la mirada fija en la ventana. Su mano descansaba sobre el muslo, pero sus ojos habían perdido a