La habitación del hospital estaba envuelta en una calma frágil, casi irreal, como si el tiempo hubiese decidido moverse más despacio para no perturbar lo que estaba naciendo dentro de esas paredes. La luz blanca se filtraba suavemente, iluminando el rostro pálido de Abigail, quien permanecía recostada en la cama, conectada a monitores que marcaban el ritmo de su pequeño corazón con una insistencia que dolía escuchar.
Marcia Lacrontte permanecía de pie junto a la ventana cuando la puerta se abr