El silencio que había quedado entre ellos no era incómodo.
Era denso.
Como si cada palabra que ya había sido dicha hubiera abierto puertas que no podían volver a cerrarse, y ambos lo sabían.
Helen seguía recostada, aún débil, aún sintiendo el peso del cansancio en cada parte de su cuerpo, pero su mente… estaba despierta.
Demasiado despierta.
Y en medio de todo aquello…
Un pensamiento la atravesó.
Repentino.
Necesario.
Urgente.
Sus dedos se tensaron ligeramente entre los de Alexander.