De repente había un ambiente tenso en toda la mansión.
—Tu nombre—exigió sin ninguna pizca de amabilidad e incluso parándose más recta.
—Adara—la pelinegra respondió en el mismo tono. No se iba a dejar pisotear por nadie y menos por una extraña.
Ella pudo oír la sorpresa en prácticamente los presentes por la inflexión de sus palabras.
Vio que los ojos de la mujer se volvían dudosos. Pudo sentir más que ver cómo la suegra la estudiaba con recelo y duda.
Mirando dentro de sus ojos.
Y en su alma.