Eran las nueve y doce cuando él salió de su oficina, chaqueta ya en el brazo, corbata guardada en el bolsillo. Se paró en el umbral de cristal y me miró.
—Vámonos —dijo con ese tono seco y familiar que usaba al final de los días largos.
Cerré el portátil sin preguntar. Guardé la tablet en el bolso