—¿Quieres cenar algo, cariño?
—No tengo hambre —respondí, con la voz ronca de tanto callar.
Se acercó, dejó la taza en la mesita y me acarició el pelo.
—Sea lo que sea… no estás sola. Ni tú ni el bebé.
Asentí, pero no dije nada. Cuando cerró la puerta, me hice un ovillo más pequeño bajo la manta y s