—No sé qué es eso de ponerlo boca abajo —dijo al fin, la voz ronca—. Suena… cruel. Como si no bastara con todo lo que ya le están haciendo.
Sebastián, que había vuelto con dos vasos de café de la máquina del pasillo, se sentó en el borde de la cama auxiliar.
—No es cruel si ayuda —explicó con calma—