—Gracias por venir —dijo simplemente.
Él levantó la vista.
—No hay de qué.
Ella asintió, como si con eso bastara.
Papá abrió los ojos entonces. Solo un poco. Nos vio a los tres. Primero a mamá, que le sonrió y le acarició la mejilla. Luego a mí. Y después a Sebastián.
Papá parpadeó despacio. Intentó