Bajé, cerré el coche con el mando y caminé hacia la entrada de urgencias. Las puertas automáticas se abrieron con un soplido. Dentro olía a hospital. A miedo. A esperanza a medio morir.
Mamá estaba en la sala de espera, sentada en una silla de plástico naranja, con el abrigo todavía puesto y los ojo