Me quedé mirándolo, esperando que dijera algo más, que rompiera ese silencio que se había instalado entre nosotros como una pared de vidrio. Pero él solo seguía asintiendo, lento, como si cada movimiento le costara.
Pude haberle respondido con veneno. Pude haberle dicho que no tenía por qué saber cada jodido paso que yo daba, que no éramos un matrimonio de los años cincuenta, que yo también tenía derecho a respirar sin rendirle cuentas minuto a minuto. Que él no era mi dueño ni mi carcelero. Pe