El aire en el despacho se volvió tan denso que casi podía masticarse.
Seguí tecleando, aunque ya no veía las cifras. Mis dedos se movían por inercia, repitiendo la misma diapositiva una y otra vez mientras mi mente gritaba.
¿Esto es lo que somos ahora? ¿Dos extraños compartiendo el mismo espacio, fingiendo que el otro no existe?
Sebastián seguía concentrado en su portátil, la mandíbula tan tensa que los músculos se marcaban bajo la piel. De vez en cuando pasaba una mano por la barba incipien