La noche ha caído como un velo de terciopelo sobre la ciudad. El cielo, saturado de estrellas apenas visibles, parece contener la respiración, suspendido entre promesa y silencio. La casa, bañado en una luz dorada, aún murmura con preparativos tardíos, pero todo es suave, controlado, casi irreal. Parece una escena congelada, a la espera de su acto principal.
Me encuentro frente al gran espejo del tocador. El vestido está allí, suspendido, inmóvil como un fantasma benevolente. Su tono blanco rot