Gracias
Rumino sus palabras. Regresa una imagen: la torre de vidrio, los empleados que se congelaron a nuestro paso, las miradas que evaluaban. Ya he pagado el precio de una visibilidad impuesta; la perspectiva de añadirla voluntariamente me choca. Y, sin embargo, una parte más pragmática de mí vislumbra las ventajas de un gesto medido, de una ceremonia que sellará las alianzas y cerrará puertas a los murmullos.
Termino por suspirar, no de abdicación, sino de aceptación cansada.
— Muy bien, digo. Si lo prefieres en otro lugar... pero prométeme una cosa. Que el lugar conserve una intimidad. Que quienes vengan no transformen la fiesta en una cacería de apariencias.
Él toma mi mano con una dulzura inusual, como para sellar la promesa.
— Te lo prometo. Será discreto, esculpido, como lo has pedido. Los invitados serán elegidos por su peso, no por su curiosidad. Y habrá reglas estrictas: no habrá prensa no invitada, no habrá dispositivos que filtren la intimidad.
Veo en su mirada una sincer