Kalid, Layla y Yazmin descendieron en silencio el ascensor que los llevó de regreso a la limosina. Ninguno dijo una palabra mientras se acomodaban en los asientos de cuero, con la atmósfera aún cargada de la tensión que acababan de vivir.
El conductor arrancó, dejando atrás el complejo de apartamentos. Kalid apretaba la mandíbula, con su mirada fija en la ventana. Yazmin jugueteaba con las uñas, incómoda, mientras Layla cruzaba los brazos, claramente molesta.
—No puede ser —murmuró Yazmin, romp