No puedo creer lo que me está sucediendo.
Me llevé la mano a mi mejilla, sentí los dedos marcados.
La cara me ardía, el sabor metálico dentro de mi boca no se hizo esperar.
Mi indignación crecía.
Sin embargo, no grité, ni siquiera lloré.
- ¿Estás loca?
- ¿Yo? ¡Sos una arrastrada!
Me insultó.
¿Arrastrada yo?
La mirada de Mariza, que estaba en un costado, estaba atónita, también, estaba Silvina, que se había asomado, posiblemente alertada por los gritos.
-Señora, le pido que se retire.
Le dije,